Comenzaba a templar el sol de primavera cuando Tsukiko se extendía frente al espejo una pasta blanca como de tiza por la cara y el cuello. Humedeció después la barra de pigmento y se aplicó coloretes en las mejillas. Realzaba su atractivo con un intenso carmín en el labio inferior a juego con las peonías de su kimono.
Le pidió a Keiko que le pintara la nuca hasta las primeras vértebras y ella misma ciñó su obi color ciruela entretejido de oro.
Y con el trémolo ceremonioso de sus pies se dirigió grácil como el bambú a la casa de Mioua, famosa por su sabroso sake. Allí esperaba...

... esperaba poder ver "El sabor del sake".