Tenía el ceño fruncido y era bella. Ahora, el mundo está colmado de jóvenes bellas, pero Francis percibió aquí la diferencia entre la belleza y la perfección. Faltaban esos usuales defectos, pecas, marcas de nacimiento y heridas curadas, y en su conciencia vivió ese momento en que la música quiebra el cristal y sintió una punzada de reconocimiento tan extraña, tan profunda y maravillosa como nunca en su vida. Pendía de su ceño fruncido, de una sombra impalpable en el rostro, una expresión que le pareció una invocación directa al amor. Después de contar sus libros, la joven descendió los peldaños y abrió la puerta del automóvil.

Y tú, Sócrates, dónde ves aquí la mentira? (Que lo explique Hipias si no).
Que se lo pregunten a (quien no es) Cheever.