Rata Natakachala, hasta entonces sincera, había sido fiel a los tres amantes que mantenía en nómina. ¡Bendito sea Facebook!
Todo se complicó cuando acudió al establecimiento de Salmonete. Salmonete, pedicuro atildado, le hizo los pies, pero el problema vino cuando le hizo las dos manos.
Rata, poeta de la experiencia, se alarmó al comprobar que en los lechos ungueales de sus dedos flotaban pequeñas manchas lechosas.
De nada sirvieron los guantes de disimulo, ni los cambios de nick, ni entonar medrosa el soniquete del “¡vete, vete!”
La leuconiquia crecía. Crecía y se cronificaba después de cada nueva consulta.

Vade retro, salmonete.