Dicen que es el patrón de los jardineros; pero yo, que he sido chófer en París, sé que es el patrón de los taxistas. Me llamo Carlos y siempre fui puntual con mi coche de cristales tintados donde el cliente podía pulsar el interfono o brindar con vino espumoso. Servicio discrecional, dirección no establecida. En las céntricas calles repetidas los turistas y residentes señalaban asombrados al auto negro y largo meciéndose en el asfalto.
Dejé hace tiempo el oficio y abandoné las oscuras gafas de ciego limosnero.
¿He dicho ya que sigo siendo devoto del santo? En mi altar guardo una cinta abandonada con las iniciales E.B. Me gusta frotarla entre mis dedos y escuchar su fru-fru. Suena como una triste canción de amor.

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