Carlos, el sobrino de mi hermana, es un niño de cuatro años y hoyuelos en la risa. Como nunca probó la cocacola, pide un vaso a su padre, que tuerce el gesto, luego lo relaja. "Vale, toma, que es el cumpleaños de tu primo". Sirve un vaso, no lo llena, y se lo acerca a su hijo mirando con el rabillo del ojo a su mujer. Carlos lo atrapa con avaricia y siente por primera vez las burbujas que suben a su cara. Sonríe y a rápidos sorbos va terminando el vaso. Nota que todos miramos y cierra los ojos, lo saborea, lo disfruta, y su madre nos aclara con pedagogía materna, "cierra los ojos para que no le veamos". Claro, condensar los segundos y aprovechar el momento es un acto muy íntimo.